sábado, 9 de mayo de 2015

Los productores agroalimentarios y el nuevo mercado

Si en México la gran mayoría de los productores agropecuarios continúa trabajando en las mismas condiciones de desorganización, con precarias practicas productivas, sin capacitación y con los mismos sistemas de comercialización, continuarán empobreciendo sus tierras, produciendo a costos no rentables, sin la cantidad y calidad que los mercados en fresco o la transformación requieren y, por tanto, no podrán obtener de su trabajo lo que necesitan para una vida familiar cómoda y con mejores expectativas de futuro.
Es necesario que todos los actores sociales podamos comprender que la economía nacional e internacional se rigen por los principios de: costo de producción, cantidad producida, calidad y presentación del producto para su consumo final, en mi opinión, con al menos estos cuatro factores se puede acceder a las tan llevadas y traídas productividad y competitividad que necesita el sector agroalimentario nacional.
Por eso, es muy importante que las autoridades y los productores de las distintas regiones del país piensen en la importancia de los mercados locales, pero también deben estar conscientes que éstos se rigen casi en su totalidad por un sistema de costos y precios internacionales, por tanto, es muy importante que conozcan la realidad en que están produciendo, pero sobre todo, deben conocer la brecha que hay entre su realidad productiva y las pautas marcadas por los procesos de producción y calidad que establece el sector internacional de los alimentos.
Para hacer frente a esta diferencia que para muchos es abismal, es importante que nuestros pequeños productores minifundistas y pequeño propietarios, se organicen en comunidades o unidades productivas especializadas, para aprovechar las oportunidades de un mercado que se ha diversificado de forma muy importante, hoy el sistema de comercialización agroalimentario necesita productos inimaginables en el pasado: pimientos, zanahorias, tomates, pepinos, todos presentados en distintos colores, tamaños e incluso sabores. Maíz y tortillas de colores: verdes, violetas, amarillas, entre otras variedades.
Hay un gran auge en la producción de las llamadas frutillas como: berries, fresas, frambuesa, cereza, arándano y zarzamora, entre otras, que componen el importante segmento de los también llamados frutos rojos, fuertemente demandados por comercializadores urbanos y prestadores de servicios turísticos, así como por la industria de alimentos y bebidas preparadas.
También es importante que nuestros productores conozcan los productos que se han venido rescatando a petición del propio mercado, muchos de ellos prácticamente ya habían desaparecido del sector productivo, y que hoy son buscados afanosamente por los gastronómicos e industriales, es el caso de las hierbas aromáticas, las hierbas medicinales, el zapote en distintos colores, pera en distintas variedades, durazno, tejocote, nanche, entre otros, o bien, langostino de río, ajolote, carpa, tilapia, bagre, entre los peces de agua dulce que pueden producirse en las distintas regiones del país.
Lo cierto es que los productores agropecuarios tienen hoy una amplísima gama de oportunidades productivas y de mercado, razón suficiente para que puedan agruparse, sumar sus parcelas, sus herramientas, buscar asesoría técnica y especializarse, en función de la vocación productiva de sus tierras, aguas e implementos de trabajo de que dispone.
Pero toda esta diversificación del mercado obedece a que la alimentación ha cambiado en los últimos treinta años, hoy la cocina es un arte, abundan las escuelas de gastronomía, hay una amplia variedad de programas de televisión mostrando la creatividad y forma de preparar alimentos, revistas especializadas, documentales, difusión social sobre la importancia de una alimentación sana. Factores importantes que han revitalizado la cultura gastronómica y la demanda doméstica y comercial de productos para el buen comer.
Todo esto es extraordinariamente positivo y debe ser alentador para las comunidades de productores agrícolas y pecuarios, muchos de ellos ya se dieron cuenta y están obteniendo beneficios de esta ampliación y diversificación extraordinaria de los mercados, lamentablemente son muy pocos, únicamente aquellos que están organizados, informados, que han buscado asesoría técnica, que se han constituido como una empresa y que han encontrado algún nicho de mercado nacional o externo. Es cierto, son muy pocos si consideramos que en el campo y del campo vive casi la tercera parte de la población nacional.
Por eso, creemos en la necesidad de impulsar un cambio cultural y tecnológico en el sector agroalimentario mexicano, para que la mayoría de los productores dejen de hacer las cosas como antes y trabajen en función de los nuevos esquemas de productividad,  competitividad y demanda del mercado, es decir, de las nuevas necesidades de la sociedad nacional e internacional, con sus modas, excentricidades gastronómicas, frivolidades dietéticas y la necesidad de una alimentación sana, lo importante está en aprovechar ese vasto abanico de oportunidades productivas, dar opciones alimenticias de calidad a todos los presupuestos de la sociedad, para mejorar también los ingresos y el nivel de vida de los productores agropecuarios.
Pero, el gobierno y la sociedad tenemos que impulsar ese cambio cultural y organizacional de los productores agroalimentarios, impulsando en el minifundio y pequeña propiedad la organización de unidades productivas pequeñas, medianas o grandes, tecnificadas y especializadas en un producto; estas unidades productivas especializadas podrán ser a cielo abierto o bajo cubiertas plásticas agrícolas o ganaderas, lo importante es que cuenten con un paquete tecnológico apropiado que garantice una productividad competitiva.
Es vital para el futuro de México alentar la organización de los pequeños productores minifundistas o pequeños propietarios, en figuras asociativas que podrán llamarse comunidades o asociaciones productivas, que den cuerpo a unidades empresariales con personalidad jurídica y presencia económica, que trabajen mediante contratos que aseguren la venta de su producción en fresco o vinculadas a la industria de la transformación, que vendan al mejor precio y con garantías de pago. Solamente así muchos de ellos lograrán salir de la pobreza causada por el monocultivo y el  dominio del anacrónico sistema de comercialización en que por décadas han vivido, el inoperante intermediarismo convertido en devastador coyotaje que se apropia de prácticamente toda la utilidad que genera el productor.
Si logramos la conformación de comunidades o unidades productivas especializadas minifundistas o de pequeña propiedad rentables, además de impulsar una economía socialmente incluyente estaremos alentando la creación de empresarios y empresas agroalimentarias para quienes no teniendo tierras demandan fuentes de empleo e ingreso en el campo mexicano.
El gobierno y la sociedad son los sujetos obligados para impulsar este cambio cultural, organizacional y tecnológico, pero dejando atrás los programas paternalistas que subsidian la pobreza y promueven la dispersión indiscriminada de recursos, para pasar a la identificación y focalización de la inversión dirigida al crecimiento de unidades productivas, integradas sobre una base jurídica, económica y administrativa empresarial con reproducción ampliada de capital.
El gobierno también debe cambiar hacia su interior, eficientar su aparato  administrativo, desburocratizarlo, identificar las vocaciones productivas regionales, identificar las posibilidades de integración de unidades productivas colectivas, impulsar su mejoramiento tecnológico, vincular la producción agropecuaria con los procesos de transformación, ser más sencillo y eficaz en la asignación de incentivos, garantizar que el uso de recursos sea efectivo e impacte en la productividad competitiva, para que el resultado del proceso también impacte en el mejoramiento de las condiciones de vida de productores y consumidores.
El gobierno debe modernizar y transparentar sus acciones manejando: padrones de productores, expedientes electrónicos, catálogos de programas en línea, trámites, dictámenes, autorizaciones y resoluciones electrónicas, dispersión bancarizada de incentivos económicos a la actividad productiva, incentivar con diferentes mecanismos la industria de transformación agroalimentaria. Estos, entre otros elementos que agilicen el desempeño promotor del gobierno, para alentar la restauración del tejido productivo nacional.
El gobierno tiene otra tarea irrenunciable, conocer con exactitud la demanda de alimentos que año con año requerimos los mexicanos, saber de cuánto es nuestro déficit por producto, y en función de ello propiciar la conformación de las unidades productivas especializadas regionales, esto nos permitirá avanzar en la consolidación de la nueva organización económica del campo, y en la sustitución de importaciones para avanzar en la soberanía alimentaria. Si el gobierno conoce bien nuestras necesidades alimentarias, entonces podrá planear líneas de inversión pública específicas por producto y por región, para reducir o abatir el déficit de alimentos que tiene el país.

Es importante reiterar que las unidades productivas agroalimentarias empresariales especializadas deberán estar vinculadas y tuteladas por centros de educación superior, de investigación científica y desarrollo tecnológico, para que productores, académicos y científicos vayan resolviendo los problemas que se presenten durante el curso del ciclo productivo, a efecto de lograr la productividad y calidad competitiva deseada por el mercado.




Por otra parte, todos debemos entender que el problema de la depresión crónica del sector agroalimentario nacional, no es únicamente de los productores pobres del campo, es de todos los mexicanos, modernizar el sector productivo de materias primas y alimentos es nuestra garantía de viabilidad nacional. Recuperemos el símbolo que veíamos en los productos de anaquel la segunda mitad del siglo pasado:



 

martes, 21 de abril de 2015

Del campesinado a la comunidad productiva


El México de hoy es eminentemente urbano, casi el setenta por ciento de la población vive en grandes zonas conurbadas, ciudades medias o pequeñas, pero somos una sociedad con fuertes contrastes sociales, porque la mayoría de quienes viven en las manchas urbanas padece algún grado de pobreza y no cuenta con ingresos regulares. La nuestra es una sociedad fuertemente demandante de una gran cantidad de alimentos, de los cuales, el 49 por ciento tienen que ser importados para cubrir la demanda nacional.
En las zonas rurales vive casi una tercera parte de la población, son quienes teóricamente deberían producir los alimentos que necesitamos en todo el país, pero en realidad en el campo están los menos productivos y los más pobres de los pobres, ahí están los campesinos que subsisten en pequeñas comunidades rurales dispersas, con un magro patrimonio productivo, los que por décadas han esperado a los nuevos “caudillos” que vengan a resolver su precaria realidad socioeconómica, una espera infructuosa porque los “caudillos” no volverán, de tal suerte que son las propias comunidades de campesinos las que deben despertar y empoderarse por sí mismas a partir de sus circunstancias, animadas por su “sed” de bienestar asumir una nueva actitud que les permita replantear su situación económica y social de cara al resto de la sociedad, consciente pero impávida ante este problema ancestral.
Las comunidades que no logren incorporarse oportunamente a esta toma de conciencia colectiva de la realidad productiva que estamos viviendo, verán agotar lentamente sus fortalezas de subsistencia, hasta que no tengan más cosa que vender para comer que sus escasos implementos de producción: la tierra, sus herramientas, sus animales y su menguada infraestructura, entre los pocos elementos de capital material que aún conservan entre sus pertenencias.
Por el contrario, los productores agroalimentarios del futuro serán aquellos que en el presente, asuman conciencia de su difícil situación socioeconómica para plantearse colectivamente una visión y misión distintas, una actitud que les permita transitar culturalmente de una condición de pobreza resignada, a una de actores socioeconómicos dinámicos, innovadores e impulsores de los cambios necesarios que los conviertan en comunidades empoderadas,  organizadas y productivas.
Una comunidad productiva especializada será aquella que se integre con campesinos conscientes de su precaria condición, y que sin importar el tamaño o régimen de propiedad de su tierra, se unan para informarse, buscar asesoría social o gubernamental para encontrar su vocación productiva, y adoptar  una forma asociativa empresarial que les permita acceder al conocimiento técnico, participar en la generación colectiva de sinergias productivas e integrarse en una unidad productiva especializada, tecnificada y rentable, con capacidad de insertarse exitosamente en los mercados regionales, nacional e internacional.
La comunidad productiva especializada se tiene que edificar sobre la decisión colectiva de crecer, apoyada en la suma de sus fortalezas organizacionales, en el impulso retroalimentador del mejoramiento de sus prácticas productivas sustentables y de su capacidad gestora para establecer alianzas estratégicas con todos los actores de la cadena productiva en que participan.
Una comunidad productiva especializada surgirá donde se fusionen los sueños, el talento y la mentalidad progresista y empresarial de los productores agropecuarios, aprovechando el conocimiento de la nueva generación de técnicos, científicos y el ejemplo demostrativo de los empresarios que ya han abierto camino en el sector agroalimentario.
En una comunidad productiva especializada se generarán sinergias colectivas compartidas comunitariamente, la falta de elementos individuales de producción dejará de ser el obstáculo insalvable para la formación operativa de pequeñas, medianas y grandes unidades productivas empresariales, pues el uso comunitario del conocimiento técnico y las herramientas tecnológicas, así como el empleo generado con el uso de los elementos colectivos de producción, empezarán a generar capital social y bienestar familiar colectivo.
En una economía global competitiva solamente las comunidades productivas  especializadas en el manejo de paquetes tecnológicos, podrán adaptarse y subsistir ante los embates, exigencias y evolución permanente del sector productivo y del sistema de comercialización de alimentos en el mercado mundial.
Pero los actores productivos del sector agroalimentario no deben esperar que los cambios para el mejoramiento de su condición socioeconómica, vengan necesariamente promovidos por quienes viven en el confortable regazo de las instituciones relacionadas con este sector, deben ser los propios productores los que en una actitud proactiva empujen el anhelado mejoramiento de sus condiciones socioeconómicas, deben ser ellos con su exigencia vanguardista los que muevan el pesado aparato estatal burocrático, para que  también se reorganice y dé respuesta a las necesidades de la productividad.
Por eso, una comunidad productiva especializada debe desarrollar una intensa actividad en tres sentidos: primero organizarse jurídicamente, definir su perfil productivo y tomar la decisión de sumar esfuerzos y capital productivo. El segundo, de gestión hacia afuera, para hacerse de los recursos necesarios para su crecimiento: transferencia tecnológica, estímulos a la productividad y financiamientos. El tercero, de gerencia y administración hacia adentro, para administrar y bien emplear equitativa, transparente y eficazmente los recursos obtenidos del sector público o social.
El principal estimulo de la comunidad productiva especializada debe estar en su interés efectivo de bienestar y construcción patrimonial comunitaria e individual, de ahí que debe conceder la representatividad a una gerencia administrativa, capacitada, profesional, no a las inamovibles burocracias gubernamentales ahogadas en abultados y dilatados procesos de papel.
Una comunidad productiva especializada no es aquella que se agrupa en torno a un líder gestor, pragmático y mesiánico, esa forma de organización ya debe quedar en el olvido, porque durante décadas no logró cosechar más que fracasos y desesperanzas en las mujeres y hombres del campo mexicano, la comunidad productiva debe agruparse con mentalidad empresarial en función de intereses personales y comunitarios.
Una comunidad productiva tampoco es aquella que acepta una relación pública de amparo y protección gubernamental, porque esas formas tradicionales de paternalismo terminan tarde o temprano en subordinación política, corrupción y dependencia económica, la comunidad productiva especializada debe basar la lucha en su capacidad de autogestión manejada con profesionalismo, transparencia y rendición de cuentas.
El sector agroalimentario debe organizarse en Comunidades Productivas Especializadas que establezcan una relación de colaboración con el sector gubernamental, pero  manteniendo el control de su organización, de su proyecto, gestionando con legítima fortaleza la parte presupuestal que equitativamente le corresponda para evitar que los gobiernos de distintos órdenes continúen favoreciendo de manera unilateral, desproporcionada y desequilibrante, el desarrollo urbano, convirtiendo a la población citadina en el nuevo y más valioso capital político, de gobiernos que solo han pensado en su patrimonio y no en la viabilidad equilibrada de la sociedad mexicana.
La Comunidad Productiva Especializada debe, por tanto, rechazar y desterrar de su organización cualquier forma de gestión o control tutelar que pretenda alojarse en ella, pues siempre será mejor el trabajo comunitario creador de una pequeña utilidad empresarial bien habida, que una prebenda obtenida a costa del futuro de la propia comunidad.
La Comunidad Productiva Especializada debe estar liderada por mujeres u hombres que aprendan practicando las nuevas formas de hacer economía y política, pero la política al servicio de la economía, no a la inversa, innovando y creciendo colectivamente sobre la marcha. Administradores legítimos que compartan la toma de decisiones para ser portadores efectivos de la voluntad comunitaria.
Es una tendencia insoslayable, que solamente podrán ser parte de la economía mexicana globalizada, aquellas comunidades productivas especializadas que se adapten a las condiciones de asociación, productividad y competitividad que exige la dinámica del modelo económico global.
Los productores agroalimentarios mexicanos, empoderados y organizados, sí tienen la capacidad de impulsar una revolución asociativa, tecnológica y de gestión empresarial en este siglo. Apostemos todo al asociacionismo empresarial agropecuario para el resurgimiento poderoso del sector agroalimentario sustentable de México. Recuperemos el símbolo que décadas atrás nos dio identidad nacional en el mundo.



jueves, 9 de abril de 2015

La Debilidad del Sector Primario Mexicano

Diversos autores coinciden en señalar, que la Revolución Mexicana de 1910 fue un movimiento eminentemente agrario en contra del restaurado dominio clerical, el latifundio y la injerencia imperialista norteamericana e inglesa en el control de los factores más importantes para el desarrollo económico y social como: materias primas, petróleo, energía eléctrica y los ferrocarriles, elementos estratégicos que capitalistas extranjeros, latifundistas y clérigos, con la complacencia del gobierno de Porfirio Díaz, venían utilizando para manejar el país en favor de sus intereses.
“De tal suerte que el inicio del siglo XX se distingue por el ascenso del movimiento campesino, pese a la salvaje represión gubernamental y a la acción terrorista de los rurales, policía formada por Díaz con bandidos y criminales para reprimir a los campesinos revolucionarios”.[1]
El levantamiento de grupos campesinos en Sonora, Morelos y Yucatán como estados pioneros, pronto se generalizó en todo el territorio nacional y estalló la Revolución Mexicana, que en ese momento, como bien lo dicen Donald Hodges y Ross Gandy: “La Revolución Mexicana se convirtió en un ejemplo para los movimientos sociales de América Latina y otras regiones. Las repúblicas latinoamericanas se alejaron del camino socialista marcado por la Internacional Socialista y eligieron la Ruta Mexicana que conducía a la soberanía política, la independencia económica y la justicia social. La revolución mexicana era un sustituto para la revolución socialista en América Latina”.[2]
Esto nos permite reafirmar que la Revolución Mexicana fue una lucha del sector social mexicano que además de repudiar la opresión política absolutista de Porfirio Díaz, reclamó la tierra como medio de producción para aliviar la pobreza en que vivía la población, la revuelta mexicana se gestó entre dos vertientes ideológicas en pugna: la capitalista representada por los Estados Unidos, Inglaterra, el gobierno afrancesado de Porfirio Díaz, clérigos y latifundistas; contra la ideología socialista soviética cuya influencia había llegado con mucha claridad a través de un grupo sinarquista del que formaban parte los hermanos Flores Magón.
Esta ideología pro socialista se vio animada por la mentalidad libertaria y popular del caudillismo mexicano representado en el norte del país por Francisco Villa, y en el sur por Emiliano Zapata, entre los luchadores sociales más destacados surgidos de los grupos campesinos de todo el país.
Lo cierto es que en esta lucha de ideologías, la que terminó inclinando la balanza a su favor fue la capitalista, pues el movimiento revolucionario derrocó un sistema clérigo–latifundista, y con ello, sentó las bases y condiciones necesarias para el desarrollo del capitalismo, pues con el triunfo revolucionario de Francisco I. Madero y después el ascenso al poder de Venustiano Carranza, México se acopló como pieza del rompecabezas latinoamericano al sistema capitalista norteamericano e inglés.
No obstante, el carácter agrario y popular de la Revolución Mexicana hizo que la incorporación al sistema capitalista no fuera una anexión de facto sino gradual. Con el triunfo de la corriente política maderista y carrancista inició un largo proceso de adaptación que continúa en esta segunda década del siglo XXI. La gradualidad inició justamente con la orientación que los gobiernos surgidos de la revolución le fueron dando a la principal demanda del movimiento revolucionario “Tierra y Libertad”, una consigna que entraña factores económicos y políticos como el derecho a poseer un medio de producción para el sostenimiento familiar, la tierra, el reclamo de un sistema político democrático, la no reelección en el poder político, el respeto a los derechos humanos, entre otros.
La consigna “Tierra y Libertad” significó abolir los latifundios para reducirlos a pequeña propiedad, y con ello dotar a los otrora peones de sus respectivas porciones de tierra para que en libertad pudieran trabajar y obtener el sustento de sus familias, así se creó la propiedad social, el ejido, y con ello también se creó el Derecho Agrario Mexicano, como materia jurídica para regular y resolver las controversias y trámites en la materia.
Todos estos cambios de fondo en la estructura política y económica le dieron cuerpo a una Constitución Política proclamada el 5 de febrero de 1917, un documento que como se ha dicho fue producto de la sangre de un millón de mexicanos, “fue el documento político más avanzado de su época en América. Como secuencia histórica de la Constitución Juarista de 1857, ponía las bases para el desarrollo independiente de México, y daba forma jurídica al contenido implícito en el carácter democrático burgués de la Revolución Mexicana”.[3]
Esto nos permite pensar que la Revolución Mexicana cumplió en lo político porque atendió las demandas de libertad y democracia, pero fue muy corto su alcance en el cumplimiento económico, al no tener desde el inicio de la abolición del latifundio y el reparto agrario, un proyecto definido para construir un sector agroalimentario fuerte que diera soberanía alimentaria al país.
La coexistencia de estas dos formas de propiedad, la social y la privada, dieron origen a un modelo mixto de funcionamiento del sector agropecuario, que en las primeras décadas generó distensión política y relativa mejoría en las condiciones de vida de los campesinos y pequeños propietarios, pero, a casi un siglo de distancia, el modelo se ve muy debilitado por uno de los ejes que lo sostenían: la propiedad social. Esta debilidad hace necesaria una nueva e inmediata restauración para resolver las necesidades de ingreso y alimentación de casi una tercera parte de la población que vive en el campo y del campo mexicano.

¿Qué pasó con la propiedad social?
Desde el inicio, el campesino participante en el movimiento revolucionario recibió la tierra mediante un Certificado de Derechos Agrarios, con ello tenían un medio para trabajar pero no había más; desafortunadamente el gobierno que ejecutó el reparto agrario y posteriores, no tuvieron una política económica integral que permitiera impulsar al campesino para convertirlo en productor potencial, ya que por sí mismo no podía hacerse de medios adicionales y modernos de labranza, la mayoría de los campesinos no contaban con yunta ni arado, les llevó años hacerse de estos implementos y, cuando los consiguieron, estaban absolutamente desfasados del modelo internacional agropecuario. Hoy día, millones de campesinos de los núcleos ejidales continúan trabajando con yunta y arado, convertidos en remanentes de un viejo sistema de producción, recordemos que el auge del arado de tracción animal se dio durante el siglo XIX, uno de estos implementos primarios puede verse a los pies del padre de la economía política neoliberal,  Adam Smith, en la efigie erigida en su honor en la plaza principal de su natal Edimburgo, pues con esa herramienta continúan trabajando millones de campesinos mexicanos, esto se puede ver todos los días en cualquier parte del centro, sur y sureste del país.
En segunda instancia, los campesinos post revolucionarios tampoco pudieron evolucionar porque nadie les enseñó cómo funciona el sistema capitalista al que -sin elección- habían ingresado al recibir la tierra, no fueron empoderados con un nuevo conocimiento, ni dotados de herramientas y una visión empresarial que les permitiera concebir nuevas formas de organización, prácticas productivas y esquemas de comercialización, que les llevaran a generar excedentes para comercializar y obtener los demás productos que necesitan para la subsistencia diaria, por eso se limitaron a producir maíz para su consumo, si algo sobraba acudían al trueque, pero al paso de las décadas las necesidades de vida cambiaron y su actividad productiva ya no les da para cubrir las necesidades familiares, siguen produciendo maíz porque es el producto que continúa garantizando su subsistencia, y el único que pueden producir con las tierras empobrecidas y las herramientas elementales de que disponen.
Por eso pensamos que a un siglo de distancia, el problema de los campesinos post revolucionarios de la propiedad social, es un problema político, económico y cultural. Es político porque la revolución enseñó a cuando menos dos generaciones de campesinos a organizarse para la participación política electoral, aprendieron y practican muy bien el asambleísmo, y también a exigir a los políticos lo que ellos no pueden obtener con su trabajo. Es un problema económico porque en su concepción productiva no hay una idea de la reproducción ampliada de capital, no producen excedentes que les permitan vivir bien, ahorrar y crecer. Y es cultural porque sus ideas productivas están llenas de paradigmas ancestrales, para ellos es difícil concebir que haya nuevas formas de hacer producir la tierra, la falta de información y capacitación no les permite confiar en la tecnología, no conciben nuevos esquemas de asociación y unidad de esfuerzos, no saben en qué consisten los procesos de agregación de valor, por eso es imprescindible una estrategia gubernamental de información y toma de conciencia para superar estos paradigmas.

La pequeña propiedad
Por su parte, el régimen de pequeña propiedad no ha sido ajeno a los claroscuros del sector agropecuario en general, durante las primeras cuatro o cinco décadas posteriores al reparto agrario, esta forma de tenencia de la tierra vivió frecuentemente amenazada por el movimiento agrarista, los hijos mayores de los ejidatarios post revolucionarios, hasta la década de los setenta del siglo pasado exigían la continuación del reparto de tierra, muchos de ellos recibieron su dotación en tierras de uso común, agostaderos y bosques ejidales, había grupos de hijos de campesinos e incluso partidos políticos como el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), algunos grupos adheridos al Partido Comunista Mexicano (PCM), la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas (UNTA), entre otros, que invadían ranchos y antiguos cascos de haciendas forzando soluciones en las que gobiernos estatales y federal terminaban comprando tierras para dotar a los demandantes. Fue a partir de los ochenta cuando los pequeños propietarios sintieron mayor garantía en la propiedad de la tierra.
Pero como esquema de producción, la mayoría de los pequeños propietarios, con más elementos de trabajo, o al menos conseguidos de manera más oportuna, y con una mentalidad más instintivamente empresarial, pensaron en la producción de excedentes para procurarse un ingreso y poder subsistir con sus familias. Son productores menos aficionados a la participación política, más dedicados al trabajo, a procurar un patrimonio y una vida cómoda, informada y cultural para sus familias, en la mayoría de esos casos sus hijos fueron teniendo acceso a la educación media y superior, fue precisamente este vínculo con el mundo de la cultura y la preparación técnica, el que marcó la diferencia y el relativo éxito de la pequeña propiedad, que en el periodo de los años cincuenta a los sesenta vivió sus mejores épocas, disponía de mano de obra campesina, de un clima generoso para la agricultura y la ganadería, un mercado interno en crecimiento, de otro mercado externo amplio que se había creado en Europa durante la segunda guerra mundial, tuvieron acceso a políticas públicas de aseguramiento agrícola y ganadero, y a un sistema de comercialización estatal a través de la Comisión Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO), que hasta principios de los ochenta dio resultados.
Posteriormente, el mercado externo se contrajo por la rápida recuperación de las economías europeas, nuestro sector primario perdió competitividad, inició la importación de productos agroalimentarios, la economía agropecuaria se vino agotando, víctima de la corrupción que empezó a brotar en el sector público, envolviendo a los productores de prácticamente todo el país, en ese momento el gobierno en lugar de combatir la corrupción extinguió casi totalmente los programas de apoyo al campo y con ello la descapitalización se agudizó.
De esa época hasta nuestros días hay dos tipos de pequeño propietarios, los que solamente se beneficiaron del buen momento que vivió el campo pero nunca previeron los cambios a futuro, que hoy son rancheros descapitalizados, y aquellos que atentos a los cambios se informaron y con esfuerzo propio evolucionaron e ingresaron al sistema de producción y mercadeo global que rige la economía de nuestro días. Muchos de estos últimos tienen unidades productivas competitivas en el mercado global, pero desafortunadamente representan un porcentaje menor.
En síntesis podemos decir, que la pequeña propiedad, ya sea la que subsiste produciendo con rezagos, o aquella que cuenta con sistemas de producción eficientes, es la que aporta la mayor parte del valor del sector al Producto Interno Bruto Nacional, la que produce la mayor parte de los alimentos nacionales que consumimos y la que genera los pocos empleos que se ofertan en el sector primario mexicano.

Cifras básicas en el sector agropecuario
Hoy día, de acuerdo a la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA), México tiene 198 millones de hectáreas dedicadas al sector primario de la economía, divididas en: 30 millones de hectáreas dedicadas a la agricultura, 115 millones destinadas a la ganadería, y 45.5 millones de bosques, selvas y humedales. De entrada, las cifras nos dan algunas conclusiones:
La primera es que la ganadería ocupa cuatro veces la superficie dedicada a la agricultura, una ganadería extensiva o semi extensiva (pastoreo), con grandes deficiencias productivas y competitivas, y altamente erosionante del suelo fértil.
La segunda conclusión es que menos de la cuarta parte del territorio nacional está cubierto por capa vegetal, bosques y humedales, pero además, hay que decir que esa capa vegetal está fuertemente presionada por la ganadería extensiva, la agricultura tradicional, el consumo de leña en los hogares rurales, la tala de madera legal o ilegal para la industria nacional, entre otros factores.
Ahora bien, del total de hectáreas dedicadas a la actividad agropecuaria, el 72 por ciento corresponde a la propiedad social minifundista, hay en el país 103 millones de hectáreas ejidales, 31 mil 500 núcleos agrarios, de los cuales 21 mil son expulsores de población a manchas urbanas nacionales y del extranjero; por otra parte, solo el 22 por ciento de los predios rurales corresponden al régimen de propiedad privada.
A estas cifras hay que agregar que de los 30 millones de hectáreas de tierras agrícolas, el 85 por ciento son de temporal y solo el 15 por ciento cuenta con algún sistema de riego, en su mayoría “rodado”, un sistema antiguo y muy deficiente, consistente en suministrar grandes cantidades de agua que corre por los surcos de siembra, arrastrando cantidades importantes de suelo fértil a zanjas y barrancas, empobreciendo aceleradamente los terrenos de cultivo, convirtiéndolos en extensiones de suelo muy poco productivo, tierras que paulatinamente están siendo abandonadas por los sucesores ejidales convertidos en migrantes inciertos.
De los 30 millones de hectáreas agrícolas, 11.2 millones corresponden a cultivos de ciclo primavera - verano, 3.6 millones son cultivos de ciclo otoño – invierno, y el resto son cultivos que abarcan ambos ciclos, en su gran mayoría los cultivos cíclicos son propios de una agricultura a cielo abierto, es decir de temporal, la temporada productiva en este sistema es de 6 a 7 meses del año, el resto, ya sea al inicio o al final del año, los productores no tienen actividad laboral rentable, por tanto, tampoco tienen otros ingresos para la adquisición de bienes complementarios de la dieta mínima diaria, teniendo que subsistir con el maíz que sembraron y pudieron almacenar durante la cosecha para cubrir sus necesidades mínimas de alimentación. Esta es la razón por la que los productores minifundistas siempre están sembrando maíz, y es muy difícil convencerles de que siembren otros cultivos, el maíz es la base de su alimentación, y si no lo producen y almacenan lo tendrían que comprar,  para lo cual necesitarían tener otros ingresos que obviamente no tienen.
Las unidades productivas minifundistas con el grado de descapitalización que padecen, difícilmente pueden, por sí mismas, migrar a esquemas de producción empresarial, paradójicamente, la unidad productiva minifundista aislada ya no es suficiente para proporcionar empleo y alimentación a la familia, mucho menos para producir excedentes comerciales que les permitan generar otros ingresos para acceder a otro tipo de bienes y servicios que mejoren sus condiciones de vida, de aquí la difícil realidad de que un vasto segmento de población viva en pobreza extrema y con problemas de alimentación, pues de todos los productores del sector agropecuario, el ochenta por ciento no logra producir los alimentos y los ingresos que necesita para una vida cómoda, de ahí que siga siendo proclive a la organización política, para exigir al gobierno la instrumentación de programas de compensación económica, para obtener por la vía política lo que no pueden generar en su actividad productiva, esta es una de las razones de los programas gubernamentales que conforman la “política social”.
Ante una situación como ésta, también se puede comprender por qué México se ha convertido en un importador potencial de alimentos, pues algunas cifras proporcionadas a mediados del 2014 por la SAGARPA y el Banco de México, nos dicen que el país importa el 49 por ciento de los alimentos que consume: el 33 por ciento del maíz, el 65 por ciento del trigo, el 75 por ciento del arroz, el 95 por ciento de soya, el 50 por ciento de carne de bovinos, una tendencia que ha venido creciendo y que solamente disminuirá con una política integral que restaure el tejido productivo del sector primario nacional.
Tan solo del 2008 a la fecha, la importación de carne de bovino se incrementó en 440 por ciento, cuando paradójicamente –como hemos visto líneas arriba-, la ganadería ocupa tres cuartas partes de la superficie nacional dedicada a las actividades del sector. México ya no es un país ganadero como se le consideró en la segunda mitad del siglo pasado, ahora los productores de ganado crían y venden sus becerros a compradores estadounidenses y nacionales, ellos realizan la engorda y sacrificio de animales, la carne se certifica, se empaca y se vende, una parte muy importante de esos becerros regresa a México como carne empacada que se compra en los refrigeradores de casi todas las tiendas departamentales del país.
Ante esta situación que vive el sector primario mexicano, en el que viven los más pobres de los pobres, es muy común encontrar estudios de expertos, opiniones de académicos, discursos de políticos o líderes campesinos, que dicen que el campo mexicano está en un “grave proceso de decadencia”, que al campo le hace falta “tal o cual cosa”, expresiones muy variadas que sin dejar de tener razón, tampoco dejan de ser parciales, pues se refieren a partes aisladas de la solución integral que demanda el sector primario de la economía.
Pero se dice mucho y se hace poco, y lo poco que se hace es con intención política, pues muchos de los representantes campesinos, como muchos de los de los representantes obreros y comerciantes, pasan el tiempo conformando y fortaleciendo organizaciones políticas, utilizan la representatividad para acceder a los círculos políticos, económicos y sociales; siembran componendas y cosechan prebendas, como los cargos de elección popular que hasta en repetidas ocasiones ostentan. Por otra parte, en las instituciones públicas, la burocracia ha diseñado con criterio político, mecanismos y programas de dispersión general de recursos públicos, para dar respuesta política asistencial a compromisos de líderes y candidatos.
Pero México no puede seguir y resignarse a vivir así, siendo tierra fértil para que capitales transnacionales vengan a producir lo que después nos venden transformado, no podemos continuar como un país importador de alimentos, un país maquilador, receptor de inversiones contaminantes como la automotriz que busca mano de obra barata y omisión legislativa ambiental, México no puede seguir siendo un tianguis de baratijas de cualquier parte del mundo.
La sociedad mexicana no puede continuar así, el estado mexicano tiene que actuar para reorientar el rumbo del país y evitar el colapsamiento del sector primario. El Estado mexicano debe considerar el problema del campo como un asunto estratégico, de seguridad y viabilidad nacional. El Estado necesita reactivar el sector productivo de materias primas y alimentos, sustituir la organización política por una organización para el empoderamiento cognoscitivo, técnico productivo y competitivo de los productores, fomentar el asociacionismo en los productores minifundistas, fomentar su integración en grandes unidades productivas especializadas, cambiar los criterios de asignación de recursos en las cámaras legislativas y en la Secretaria de Hacienda y Crédito Público, emplear los medios de comunicación para maximizar la información y capacitación, construir mejores servicios financieros para las unidades productivas de pequeña propiedad, construir centros de acopio tecnificados para acabar con el intermediarismo y coyotaje, iniciar la integración de agroparques, con procesos de transformación in situ, México tiene que producir lo que consume y recuperar la presencia en los anaqueles nacionales mediante aquel logotipo de mediados del siglo pasado que decía:
 




[1] La Revolución Mexicana, 4 estudios soviéticos. Ediciones de cultura popular, Pág. 96, México, 1975.
[2] El Destino de la Revolución Mexicana. Donald Hodges y Ross Gandy. Ediciones “El Caballito”, México, 1977
[3] Gill, Mario. México y la Revolución de Octubre, Pág. 15, Ediciones de cultura popular, México

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Planeación, Desarrollo Regional y Competitividad. De la ambigüedad a una nueva etapa

En el siguiente link, pueden consultar el libro de mi autoría, titulado "Planeación, Desarrollo Regional y Competitividad. De la ambigüedad a una nueva etapa", publicado por Ediciones de Educación y Cultura

Planeación, Desarrollo Regional y Competitividad

miércoles, 27 de agosto de 2014

MÉXICO: APERTURA COMERCIAL, CRECIMIENTO Y DESARROLLO

La segunda guerra mundial finalizó en 1945 dejando como secuela economías devastadas; el uso de cuantiosa inversión pública y privada para su financiamiento, y la destrucción del capital productivo en los países beligerantes fue de grandes proporciones. Durante el conflicto y después de él, los países que participaron en la guerra pasaron de exportadores a importadores potenciales de materias primas, alimentos y productos industrializados, entre otros, la propia devastación ameritó que después de la pacificación, europeos, japoneses y norteamericanos, se plantearan la necesidad de reconstruir el sistema económico mundial, conviniendo en la necesidad de crear instituciones internacionales, que tuvieran como propósito diseñar medidas de política económica que fueran aplicadas internacionalmente, y ayudaran a reestructurar la actividad económica de los países participantes en el conflicto bélico, la propuesta concreta era acabar con los proteccionismos nacionales y abrir las economías al libre tránsito de las inversiones y el comercio.

Con este propósito, en 1948 se crea como un primer instrumento, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), cuyo objetivo fue desregular la actividad comercial entre los países adherentes, para propiciar un intercambio más fluido y rentable para las partes firmantes, así como alentar la velocidad de circulación de las inversiones productivas, aprovechando las ventajas comparativas y competitivas de los países que suscribieron el acuerdo, y que en realidad era la mayoría de los Europeos, Japón, Inglaterra y los Estados Unidos.

Una vez firmado y puesto en marcha el acuerdo, la recuperación europea y japonesa principalmente, fue paulatina, sin embargo, las crecientes inversiones de las principales empresas de estos países requerían mayores espacios productivos y flexibilidad arancelaria internacional, así que el GATT no fue limitativo a los países firmantes del acuerdo original, y los gobiernos líderes responsables de la conducción del organismo, desplegaron una labor intensa para incorporar a más países como miembros, así uno de los objetivos más importantes para los norteamericanos como principales impulsores del organismo, fue la incorporación de países con mercados potenciales como México, objetivo que ameritó un largo proceso de negociaciones entre los funcionarios del organismo con las autoridades mexicanas. Las negociaciones acentuaron su interés durante el sexenio del entonces Presidente José López Portillo, quien accedió a integrar su gobierno al organismo en calidad de gobierno observador, años más tarde, el 25 de julio de 1986, en el cuarto año del Presidente Miguel de la Madrid Hurtado, con la firma del protocolo de Ginebra Suiza, México dejó de ser un país observador al interior del organismo para convertirse en el miembro número 92 del GATT.
El protocolo firmado se convertiría posteriormente en una Carta de Intención, mediante la cual México se comprometió a: eliminar un conjunto de barreras al comercio internacional, a promover la libre competencia económica nacional e internacional, garantizar jurídicamente, seguridad y oportunidades de movilidad de capitales internacionales de inversión, procurar protección adecuada a los derechos de la propiedad intelectual y coadyuvar en la resolución de controversias comerciales entre países. Estos fueron algunos de los compromisos más importantes, sin embargo, internamente la firma del protocolo generó una controversia política y social muy aguda, había segmentos de la población, como la izquierda mexicana, que se pronunció rotundamente en contra del ingreso de México al GATT, por considerar que el acuerdo restaba soberanía nacional, y que México sería invadido por capitales y producción multinacional. En tanto, los grupos políticamente conservadores y el sector empresarial aplaudieron la medida tomada por el gobierno mexicano.

Esta incorporación de México al sistema mundial de libre mercado creó una nueva realidad para nuestro país, para el continente y el mercado mundial, pues tan sólo tres de todos los países afiliados al GATT: México, Estados Unidos de Norteamérica y Canadá, generaron en la geo economía un mercado potencial de 450 millones de personas con necesidades concretas y crecientes, lo que dio origen a la necesidad de dar un paso más para afianzar jurídica y económicamente las relaciones comerciales entre estos tres países. Así, a finales de la década los ochenta se empezó a plantear la posibilidad de firmar un acuerdo comercial específico, un asunto cuya discusión llevó varios años de negociaciones entre los tres países norcontinentales, las organizaciones de la izquierda mexicana arreciaron sus protestas tratando de impedir la firma del acuerdo trilateral, sin embargo, ésta se dio y el acuerdo denominado Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC), entró en vigor el 1 de enero de 1994, un año políticamente agitado.

El tratado estipulaba que México se comprometía a eliminar barreras proteccionistas a un importante y específico listado de productos que requerían los estadounidenses y canadienses, y viceversa, con ello rubricaron el tratado con el ánimo de alentar más el crecimiento económico y la competitividad, mediante la expansión del comercio y la movilidad de los capitales productivos de los tres países. La consolidación de estos compromisos, que han generado el mercado más importante del mundo, y que según el Banco de México genera el 49 por ciento del Producto Interno Bruto Global, aún en las primeras décadas del siglo XXI, no obstante, hoy en día, continúa generando controversias y resistencias al interior de la sociedad mexicana, toda vez que el crecimiento económico pendular del país ha sido muy deficiente en la creación de mecanismos de redistribución de la riqueza, y ha generado contrastes sociales muy marcados entre el campo,  las ciudades y al interior de las propias ciudades, donde se concentra la población nacional de mayor pobreza. Claro, este modelo nacional se integró al modelo internacional, pero sin realizar ningún ajuste interno para adaptarlo y hacerlo más funcional, esto llevo a México a desfasarse del ritmo de productividad y competitividad global, y por tanto a la pérdida de potencial productivo interno y de espacios comerciales que tuvo durante el periodo conocido como el “Milagro Mexicano”.

El modelo económico de corte neoliberal es un modelo de perfil eminentemente empresarial internacional, manejado por gobiernos y organismos de gran influencia mundial que representan a los grandes capitales multinacionales, mismos que no cesan en su afán de impulsar mecanismos de crecimiento y liberación del mercado, una política de aliento desmedido a la generación y concentración de riqueza, que a su vez está generando efectos sociales graves que difícilmente se pueden resolver por la vía política, pues por una parte, es evidente que el capital multinacional hace que no ven ni escuchan problemas mundiales muy delicados como: el acelerado crecimiento poblacional de los países pobres, y la transferencia demográfica que estos realizan a los países desarrollados mediante inhumanos movimientos migratorios.

Desde hace décadas el crecimiento demográfico empezó a rebasar las posibilidades que tienen las economías y los gobiernos para dotar de educación, salud, empleo, seguridad jurídica y pública a los ciudadanos, problema que se observa tanto en los países pobres como en los países ricos, basta ver el caso mexicano; casi el sesenta por ciento de la población vive en pobreza, y de estos, el cuarenta por ciento en pobreza extrema, una población con problemas de alimentación, de nutrición y carente de formación técnica para incorporarse a una actividad productiva, el aparato productivo formal ya no puede otorgar empleo a la gran cantidad de personas que lo demandan, un problema que desde hace décadas esta propiciando el crecimiento acelerado de la economía informal, y el surgimiento de una potente “economía de la ilegalidad” generada por la delincuencia organizada, fenómeno indudablemente derivado del excedente de hombres y mujeres de todas las edades, que no encuentran un empleo formal en el aparato productivo, una situación que está obligando a los estados a luchar contra un fenómeno que debemos considerar intrínseco al modelo de producción de corte neoliberal.

La lucha del Estado contra la “economía de la ilegalidad” se ve más que imposible de ganar por parte de los gobiernos, el inmenso gasto en seguridad pública es mayor cada año y no garantiza la disminución de la “economía de la ilegalidad”, que a decir verdad, es una consecuencia del modelo económico global, de tal suerte que debemos considerarlo como un “submodelo económico”, que se desarrolla con un comportamiento similar basado en la oferta y la demanda, en el uso de tecnología e innovación, el submodelo “económico de la ilegalidad” organizado empresarialmente, se desarrolla de forma idéntica a la economía formal en sus objetivos de alcanzar los mismos estándares de generación y concentración de riqueza. Es importante señalar que la opinión pública no conoce qué porcentaje de la población mundial vive de la “economía de la ilegalidad” y de la guerra, por lo que observamos a simple vista y debemos considerar, son decenas de millones de personas insertas de manera directa e indirecta, esta economía también goza de los mejores científicos, técnicos e intelectuales que produce el sistema educativo mundial: agrónomos, químicos; tecnológicos; ingenieros de todo tipo; financieros, analistas políticos, etc.

Por otra parte, el propio modelo económico global no deja de alentar en la población mundial, estilos de vida basados en el consumo masivo de todo tipo de objetos que alimentan la vanidad y efímera moda personal, pareciera que la consigna de las empresas multinacionales es “que la población crezca sin límite para que el mercado crezca”, y estas marcas mundiales puedan vender más y más, no importa si el dinero con el que compran sus productos es de procedencia lícita o ilícita, si es dinero producto del esfuerzo o está manchado de sangre, si procede de actividades sustentables o de actividades devastadoras del medio ambiente, los dueños de los capitales multinacionales no repararan en cuestiones éticas, ni en moderar su sed de acumulación de riqueza.

Precisamente con este afán de acumulación de riqueza, los dueños de los capitales mundiales continúan su lucha por acrecentar y liberalizar más los mercados, para que el dinero tenga las facilidades necesarias de moverse cómodamente por todo el mundo en busca de mayores riquezas, por ello, casi al finalizar el siglo pasado, en 1994 se reunieron en Uruguay los jefes de Estado de los países más desarrollados, y durante sus deliberaciones para hacer un diagnóstico consensuado del comercio mundial, decidieron que el GATT era una magnifica pero insuficiente herramienta para expandir las fronteras comerciales, por lo que consideraron necesario crear una nueva institución internacional, dotada de mayores elementos jurídicos para desregular y flexibilizar más el manejo del mercado mundial, de esta forma en esa reunión se propone la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

La diferencia entre el GATT y la OMC radica en que el primero fue un acuerdo general de política económica arancelaria, para la apertura de los mercados al libre comercio, acuerdo basado en la rúbrica de una Carta de Intención de muy bajo perfil jurídico internacional, es decir, un instrumento de cumplimiento casi voluntario por parte de los países integrantes, mientras que la OMC promueve la firma de instrumentos jurídicos como: convenios y contratos basados en el derecho internacional, documentos diseñados jurídicamente en función de necesidades muy específicas de las potencias empresariales, instrumentos firmados por las partes comprometidas para brindarse mutua certeza jurídica.

La Organización Mundial de Comercio aglutina a la mayoría de los países adheridos originalmente al GATT, y los adheridos con posterioridad a la propia OMC. Ambas instituciones han respondido positivamente al interés de sus creadores, el de impulsar un sistema comercial mundial fuerte y próspero para ellos, que les ha permitido lograr un crecimiento sin precedente, pues para el año 2000 el intercambio comercial mundial creció 22 por ciento respecto al registrado en 1950, crecimiento en el que el GATT y la OMC han jugando un papel muy importante.

Al respecto tenemos que observar que, si bien es cierto que el comercio mundial ha crecido, también debemos señalar que los mayormente beneficiados han sido los capitales de los países más productivos y competitivos, ya que mediante diferentes formas de asociación y marcas, se han venido adueñando de gran parte del mercado mundial, esto entraña reconocer que ante la avasalladora mundialización del modelo económico impuesto por los capitales más poderosos, la solución para los capitales de los países menos influyentes y menos competitivos, no consiste en restablecer antiguas o nuevas barreras al comercio global, esto los llevaría a un aislamiento económico que terminaría en la quiebra de su esquema de producción económica y de mejoramiento social. Probablemente parte de la solución radica en organizarse para fortalecer más su figura de estados, participar organizados con mayor fuerza política en los propios organismos internacionales, y tratar de establecer modificaciones normativas que hagan más equitativas las reglas del intercambio comercial mundial,  aprovechando todo su potencial en la identificación de áreas de oportunidad, donde puedan producir competitivamente con otras economías en beneficio del mejoramiento económico y social de sus poblaciones, desafortunadamente la organización de estos se ve muy lejana.

Internamente, los países menos competitivos deben fortalecer su figura rectora de estados, para propiciar una cuidadosa reducción de sus tasas de crecimiento demográfico, sin violentar los derechos humanos y de género, es decir, mediante el uso razonado de mecanismos educativos y culturales  bien diseñados, e invertir más y mejor en educación, salud, ciencia, tecnología, formación de emprendedores e infraestructura productiva.

Como sabemos, desde hace varios años México tiene una de las economías con mayor apertura económica, pertenece al GATT; a la OMC; en el 2001 se adhirió al “Programa de DOHA[1]” (creado para dar mayor certidumbre jurídica a las perspectivas comerciales de los países miembros de la OMC); es  pieza fundamental en el Tratado de Libre Comercio con Norteamérica; en el año 2000 firmó un Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea, además de una muy conocida lista de acuerdos y tratados firmados con otros países del mundo. Pero la “fe” en la apertura de la economía nacional no termina con los protocolos ya firmados, los gobiernos mexicanos continúan impulsando una gran actividad aperturista; no es casual que un mexicano, José Ángel Gurría, ex-Secretario de Hacienda de México sea el titular de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE); que el ex-Presidente Ernesto Zedillo Ponce de León, sea un importante consejero de la Organización Mundial de Comercio; que el titular del Banco de México Agustín Carstens, sea miembro del Consejo Directivo del Grupo Consultivo Regional para las Américas del Consejo de Estabilidad Financiera; y que otro ex-Secretario de Hacienda Juan Antonio Meade, sea el actual Secretario de Relaciones Exteriores de México.

Todos ellos juegan un papel fundamental en la apertura de la economía mexicana, y en tratar de hacer que México sea para los países latinoamericanos, el ejemplo a seguir en materia de crecimiento económico y bienestar social basado en la apertura comercial, cosa que se ve muy lejana si no se incrementa la productividad económica y se contiene el crecimiento poblacional nacional, al que ahora se suman importantes dígitos y problemas sociales, derivados de las corrientes migratorias de centro y Sudamérica.

Mientras tanto, como parte del TLC de Norteamérica, México ve con muchas posibilidades su participación en el acuerdo de libre comercio que negocian los Estados Unidos con Europa, a través de la llamada Asociación Trasatlántica de Comercio e Inversión, esta posibilidad de que México sea parte fundador de la asociación es muy importante para los capitales multinacionales europeos, toda vez que buscan acercarse al mercado estadounidense pero no son muy proclives a instalarse en el territorio norteamericano, siempre han preferido el territorio mexicano por la nobleza de su legislación ambiental y laboral, además del importante número de incentivos que ofrecemos a la inversión externa como: la dotación de tierra, agua, infraestructura, capacitación de mano de obra, exención de contribuciones fiscales, entre otros, lo que sin duda representa para ellos mejores condiciones de competitividad, además, los europeos están viendo grandes oportunidades de inversión en México, concretamente en dos áreas: la industria automotriz y producción de energía como la petroquímica y la electricidad.

En la ruta aperturista de México, también tenemos que mencionar los acercamientos que el gobierno mexicano está teniendo con los países miembros del Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica (TPP), valorando de manera especial el interés que tiene China por invertir en Centro y Sudamérica, interés que México trata de aprovechar por una parte, para beneficiarse de la relación comercial que tiene con el país asiático, y obtener beneficios de esta tendencia mediante la atracción de inversiones chinas, y por otra parte, tratando de aumentar y diversificar sus exportaciones hacía ese país, pues por ahora, las ventas mexicanas a China son menores y se concentran en muy pocos productos, principalmente en el tequila y carne de cerdo. De estos afanes aperturistas dan cuenta las visitas recíprocas realizadas en el 2013, entre el Presidente chino X. Jinping y el Presidente Enrique Peña Nieto, cuyo tema principal de conversaciones fue la posibilidad de que los capitales chinos vean con interés al sector energético mexicano, una oportunidad de expansión surgida de la Reforma Energética realizada por México en el 2013 y 2014.

Pero además, fue una propuesta de campaña de Enrique Peña Nieto, liderar los esfuerzos de integración comercial de México con Centro y Sudamérica mediante la Alianza del Pacífico, un acuerdo planteado desde hace varios años principalmente por México, Colombia, Chile y Perú, donde los Estados Unidos y Canadá permanecen como países observadores y primeros interesados en que este acuerdo llegue a firmarse.

En síntesis los acuerdos en ciernes y el interés europeo y chino por acercarse al mercado más importante del mundo integrado por Canadá, Estados Unidos de Norteamérica y México, puede ser bien capitalizado por México como un camino parcial en busca del crecimiento económico y la creación de empleos para la población, pues esos países ven en México una importante oportunidad en el desarrollo de: producción de energía limpia; extracción de hidrocarburos y en la industria automotriz.

Por acuerdos México no para, tiene toda una baraja de posibilidades, sin embargo, el gobierno mexicano no debe pensar en ser ejemplo de apertura con el único propósito de ser tierra fértil para la inversión rentable de capitales de las potencias economicas, tiene que fortalecer su sector productivo nacional desde la producción de materias primas y alimentos, así como su micro y mediana empresa. Aprovechar su apertura y las reformas recientemente realizadas para reestructurar su modelo económico interno, haciendo más y mejores negocios con el mundo, pues del 2010 al 2012 las exportaciones a Europa se incrementaron de 14.4 a 21.8 mil millones de dólares, y si bien para principios del 2014 disminuyeron a 19.8 mil millones de dólares, la tendencia apunta más al crecimiento que a la reducción, y una estrategia importante para mejorar el crecimiento y la diversificación del importe anual de los negocios, está basada en cuatro puntos que a mi juicio son centrales:


UNO. Hacer más productivo el sector primario, como fuente abastecedora de materias primas y alimentos, mediante un proceso sostenido de capitalización y modernización de las unidades productivas existentes, crear más empresas agropecuarias rentables, e ingresar a la etapa de conformación de agroparques, clústers, y otras formas asociativas empresariales para ofrecer al mercado nacional y externo, una importante gama de alimentos nacionales industrializados, avanzando en la sustitución de importaciones de bienes de consumo inmediato y de materias primas.

DOS. Impulsar una estrategia para el fortalecimiento  de la clase media urbana y rural, mediante el mejoramiento de la productividad y competitividad, que impulsen el poder adquisitivo y la calidad de vida, incentivando el consumo sin endeudamiento bancario para propiciar un ciclo económico sólido, estable y duradero.

TRES. Invertir más y mejor en educación, salud, ciencia, tecnología e infraestructura productiva.

CUATRO. Implementar políticas públicas educativas y culturales, con pleno respeto a los derechos humanos y a la equidad de género, para reducir el índice de crecimiento poblacional.
Estos cuatro pasos esenciales, que no son los únicos, son los que pueden darle sentido al hecho de que México tenga una de las economías más abiertas al libre comercio mundial, sobre todo, ahora que entre finales del 2013 y el 2014, se están consolidando las reformas jurídicas transformadoras que le darán mayor flexibilidad a la economía nacional,  reformas que oxigenan el potencial productivo del país generando la revitalización de su ciclo económico, en busca del crecimiento y el mejoramiento social de la mayoría de su población.

Agosto 2014



[1] En noviembre del 2001, en Doha, Qatar, se celebro la cuarta conferencia ministerial de la OMS, de donde surgió una declaración conjunta planteando la necesidad urgente de Reformar el Sistema Internacional de Comercio.